¿Por qué no jugará Andrés Guardado contra EUA?
Por Dr. Luis A. Fernandez
En numerosas ocasiones hemos escuchado en las noticias o leído en los periódicos que algún jugador de fútbol profesional sufrió una ruptura fibrilar. Realmente, lo único que sabemos de esta lesión es que margina al jugador de las canchas por lo menos 3 semanas, y que generalmente ocurre por un exceso de trabajo o por un mal calentamiento previo a un partido o a un entrenamiento. Diferentes organizaciones de fútbol, pero especialmente la UEFA (sin duda, el organismo más poderoso en el futbol mundial, solo un poco debajo de la FIFA) se han quejado sobre la excesiva carga de trabajo a la que los jugadores profesionales son sometidos anualmente. Por poner un ejemplo rápido: Rafael Márquez, capitán de la Selección Mexicana y titular con el FC Barcelona. Rafa tiene que dividir su tiempo este año entre Liga Española, Campeonato de Copa (Copa del Rey), Champions League, eliminatorias mundialistas con la Selección Mexicana, amistosos con la selección Mexicana y, si así lo decido Hugo Sánchez, Olimpiadas en Pekin. A todo esto hay que sumarle los entrenamientos, que generalmente se realizan a diario. Así que Rafa, en un mes cargado de actividad futbolística, podría jugar por lo menos 7 partidos en un mes, esto es, un partido de alto rendimiento cada 4 días. Esta carga excesiva de trabajo hace que las lesiones, tanto óseas, musculares y del tejido conectivo (ligamentos, tendones, fascias) sean mas comunes, aún en deportistas de alto rendimiento.
La ruptura o rotura fibrilar se produce cuando las fibras musculares que constituyen un músculo se estiran más allá de sus límites, lo que produce que la membrana que los contienen se rompa y se pierda así la función de esas fibras musculares. Inmediatamente después de la ruptura, se forma un hematoma (una colección de sangre) que es rodeado de edema (inflamación).
Este fenómeno es sumamente doloroso, y generalmente los deportistas lo refieren como un “latigazo” o una “pedrada” en el sitio de la lesión, seguido por dolor. Este tipo de lesiones se pueden clasificar en 3 grados, dependiendo de la gravedad y de la profundidad del hematoma que rodea a la lesión. En el grado I el deportista nota la lesión hasta que el músculo se encuentra en reposo, no existe tanto dolor y solamente molesta al someter al músculo afectado a estiramiento o contracción. En el grado II el dolor es inmediato, se siente una punzada al tocar la zona lesionada y es doloroso el movimiento leve del músculo. En el grado III, el más grave, el deportista sufre de dolor sumamente intenso y en ocasiones sensación de “quemazón”; existe imposibilidad prácticamente total para la marcha.
El prevenir una ruptura muscular es realmente sencillo, si se toman en consideración algunas recomendaciones: El calentamiento previo al ejercicio intenso tiene por objeto aumentar la temperatura muscular entre 1 o 2 grados lo que hace que el músculo esté más flexible previniendo las lesiones. De la misma manera, los ejercicios de estiramiento y la caminata leve posterior al ejercicio intenso contribuyen a eliminar los productos de desecho (Acido Láctico y Pirúvico, entre otros) que de otra manera darían rigidez al músculo. Los ejercicios de fuerza contribuyen a que los músculos en conjunto trabajen en forma coordinada; si agregamos trabajos de propiocepción se logrará que la dinámica muscular funcione en armonía evitando roturas fibrilares. La dieta cumple un papel importante ya que si el aporte de hidratos de carbono no es el adecuado las lesiones se pueden provocar por la falta de aporte energético al músculo.
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